lunes, 30 de septiembre de 2024

“Canora, la olvidada hija de Rosas”. Una crónica imposible.

   Advertencia: Esta crónica incluye ficción (por eso lo de "una crónica imposible"), sin embargo, la historia de Nicanora Ortíz de Rozas como hija de Eugenia Castro con Juan M. de Rosas es cierta. Investigué mucho esta historia y próximamente publicaré el resultado de mi investigación) 

   

Foto Diario Crítica. 21 de Enero de 1928

    El día amaneció nublado, gris. Tenía que realizar una investigación sobre una antigua propiedad del partido de Alte. Brown, más precisamente de Burzaco. Aprovechando que era sábado y no tenía nada importante planeado, decidí viajar, luego de desayunar, hasta la hemeroteca de la Biblioteca Nacional.

   Llegué al edificio proyectado por un equipo de arquitectos encabezados por el reconocido Clorindo Testa y que tantos años demandó su construcción. El sitio sobre el cual se erige la Biblioteca Nacional lo había ocupado el “palacio Unzué”, que fuera residencia de Juan D. Perón y María Eva Duarte, quien pasó a la historia como "Evita". En pleno corazón “cajetilla”, en el invierno del 52, hombres y mujeres humildes se acercaban hasta aquí, con velas encendidas, para orar por la salud de la señora. La casona fue demolida luego del 55, por la que se dio en llamar “Revolución Libertadora”; otro hecho de fuerte contenido simbólico para tratar de hacer desaparecer –sin suerte, eso está claro- al, ya arraigado en el pueblo, movimiento peronista.

   Ascendí por la plaza que da hacia Avenida Libertador, y me detuve unos minutos junto al monumento levantado en memoria de Eva. No era, claro, el que había proyectado la CGT y el gobierno, en aquel entonces, cuando pensaron construir –tras la muerte de ella- un mega monumento. Este es más pequeño, casi que pasa desapercibido. Se ve a Evita delgada, con un brazo levantado y avanzando. Fue la muerte, a temprana edad, que la detuvo.

            ***                                    

Eva Duarte (1919-1952)

Parece correr.
Lo hacía. 
En sus últimos días lo hacía.
Era una carrera contra el tiempo. 
Tiempo...eso que ella sabía que le iba a faltar. 
Hoy su figura de bronce, escuálida como su último cuerpo, se dibuja en las sombras de la noche. 
En ese sitio que la albergó cuando fue Eva. "Esa mujer"*. Evita. 
En una zona, paradójicamente, dónde no la querían. La despreciaban. 
Porque fue amada y también odiada. Y aún lo es con la misma intensidad. 
Hoy no hay velas, ni rezos; tampoco hay leyendas en muros. 
La leyenda que hoy se cuenta habla de que, durante la noche,  de las entrañas de la biblioteca -donde estuvo la residencia que la vio morir, el palacio Unzué- emerge un llanto que  corta el silencio de sus enormes pisos. Y una figura de mujer, delgada, se aparece. 
Otra "Felicitas" (1) de Buenos Aires alimenta un nuevo mito.
Pero es real que su cuerpo por ahí cerca descansa luego de tanto deambular. A pocos pasos, en aquel primer camposanto de los recoletos. Su tumba siempre tiene flores. 
Su historia trascendió fronteras, igual que hizo su cuerpo, como de muñeca, después de muerta. 
Fue indomable, amada, odiada y también "santa" **.
No sé desde que lugar la mira usted, pero en algo estamos de acuerdo...forma parte de nuestra historia. 

Juan Pablo Gómez

Alusiones a obras literarias. 
* "Esa mujer". Cuento de Rodolfo Walsh.
** "Santa Evita". Novela de Tomás Eloy Martinez.

(1) por Felicitas Guerrero de Álzaga (1846-1872). Asesinada por un hombre despechado. A quién sus padres le levantaron una iglesia en su memoria, en Barracas. 
***

  Retomé la caminata, y accedí al edificio de la biblioteca por la amplia rampa. Ya en el subsuelo, me dirigí al sector para investigadores, y pedí los diarios de 1928. Opté por el diario “Crítica”. Me ubiqué en uno de los proyectores de microfilms. La chica que minutos antes había tomado mi pedido, se acercó con el rollo y lo instaló hábilmente. Me explicó someramente como era el manejo del equipo. Asentí, pero, como siempre me pasa, retuve menos de la mitad de la explicación.

  Con prueba y error, pude avanzar con la lectura. Comencé a pasar las páginas del diario. Debía buscar a mitad de mes, por lo tanto, aceleré el paso de las imágenes solo deteniéndome a leer los titulares de cada día.

  Fue justamente uno de estos que llamó mi atención. Decía: “Vive una Hija de Don Juan Manuel de Rosas”. Ciertamente era llamativo por la época, pero lo que alcancé a leer en su copete me sorprendió aun más: “Misia Nicanora Tiene 83 años y Vive en un Humilde Rancho de Glew, Cerca de Buenos Aires”. ¿Una hija de Rosas viviendo en 1928 en Glew? Me sonaba poco menos que imposible. Glew es una localidad del partido donde yo vivo. Era una entrevista a una señora cuyo nombre yo desconocía por completo, por ende, de cuya historia tampoco sabía. A medida que me iba adentrando en la lectura del reportaje me convencía cada vez más que sería muy interesante indagar en esa historia, buscar información en la actualidad y comprobar cuan cierto era lo que la entrevistada contaba. Uno sabe que en los diarios no siempre se cuentan verdades; y muchas veces por afán de lograr altas tiradas de ejemplares se publican artículos o notas con material de fuentes poco confiables o directamente falsas. Noticias sensacionalistas, precisamente para causar eso: sensación. Y venta. Bien podía ser uno de esos casos que la persona atribuye –generalmente la paternidad- a un personaje que tuvo algún tipo de trascendencia pública. Los motivos pueden ser varios: genuino reconocimiento a un vínculo parental cierto, la búsqueda de sus verdaderos orígenes y de alguna manera de su identidad.

     O, por el contrario, bien en el extremo de estos genuinos motivos, también pueden existir otros que no lo son tantos: afán de notoriedad, beneficios económicos –más, si hay suculentas herencias de por medio- o simplemente una falsa creencia en mentes poco equilibradas.

   En todo esto pensaba mientras continuaba leyendo; sin embargo, entre tantos detalles que la entrevistada brindaba me iba convenciendo de que detrás de esta historia podría haber algo de cierto y por demás interesante. Pero incluso, si aún no fuera real ese vínculo, me generaba curiosidad conocer sobre esa mujer que vivió en Glew y había manifestado públicamente ser hija del “restaurador de las leyes” -para unos- o del “tirano” -para otros-. Así pues, terminado el artículo, muy entusiasmado por lo que había leído saqué fotos del mismo y me fui de la biblioteca dispuesto a dejar por un momento de lado la continuación del trabajo de los orígenes de la quinta Rocca y adentrarme en éste: la de una presunta hija de Rosas… que vivió en Glew.

    Decidí ir almorzar a un bar cercano, momento en que aproveché a “googlear” algunos nombres que mencionaba la historia: Nicanora Castro, que se apellidaba ella Ortíz de Rozas, o Rosas, era, según varias fuentes, una de las hijas de Eugenia Castro con Juan Manuel de Rosas. Una relación nunca reconocida por el “restaurador”. Ni la relación ni los seis hijos que con esta joven mujer tuvo, mientras ella vivió con él tras la muerte de su esposa Encarnación Ezcurra. Con Encarnación tuvo 3 hijos, uno de los cuales falleció de bebé, y sobrevivieron dos: Juan Bautista y la archiconocida Manuelita. Ezcurra falleció en 1838 y Eugenia era la empleada que la asistía. Tras la muerte de Ezcurra, dicen, Rosas comenzó esa relación con la que era entonces una muchacha.

***

    Juan Manuel de Rosas había nacido el 30 de marzo de 1793 con el nombre de JUAN MANUEL JOSE DOMINGO ORTÍZ DE ROZAS Y LÓPEZ DE OSORNIO, que luego abrevió en ROSAS (con S). A la fecha de asumir se segundo mandato como gobernador de la Provincia de Buenos Aires (y representante de la Confederación Argentina) contaba con 42 años. Estaba casado con Encarnación Ezcurra –cuyo nombre completo era MARIA DE LA ENCARNACION EZCURRA Y ARGUIBEL- desde el 16 de marzo de 1813. Al momento de contraer matrimonio ella contaba con 17 años y él con 20.

   De este matrimonio, tuvo tres hijos: Juan (1814), María de la Encarnación (1816) fallecida poco tiempo después y Manuela Robustiana (más conocida como Manuelita, en 1817). El matrimonio había adoptado a un hijo de Josefa Ezcurra –hermana de Encarnación- llamado Pedro Rosas y Belgrano, producto de una relación amorosa con el Manuel Belgrano.

    En ese momento la residencia de la familia Rosas estaba en el centro de Buenos Aires, la propiedad de los Terrero (luego fue comprada por Juan Manuel) estaba ubicada en lo que hoy son las calles Bolívar y Moreno.

    Eugenia Castro llegó a la casa de Encarnación y Juan Manuel siendo muy joven, como una criada especial. Era hija de un coronel del ejército que lideraba Rosas, de nombre Juan Gregorio Castro. Antes de morir, nombró a Rosas albacea y tutor de sus dos hijos (Eugenia y Vicente). Tras la muerte de su padre, la niña Eugenia había sido enviada por Juan Manuel y Encarnación a trabajar a la casa de una familia amiga (los Olavarrieta), quienes le propiciaban malos tratos. Tiempo después, enterada Encarnación, le habría pedido a su esposo que hiciera traer a la joven.

    Hacia 1838, Eugenia, ya estaba instalada en la casa de la calle Bolivar, asistiendo a doña Encarnación durante su enfermedad. Ese año, sin precisarse el día, pero antes de la muerte de esta, Eugenia dio a luz a una niña que llamó Mercedes. Esa hija fue reconocida por un sobrino de Ezcurra, un joven de nombre Sotero Costa y Arguibel.

     El 20 de octubre de ese 1838 muere Encarnación, esposa y principal colaboradora de Rosas. Según Manuel Gálvez, historiador y autor de una de las obras más completas de la vida y época del restaurador: “Rosas la llora sin consuelo. Se encierra con el cadáver. Echa llave a la puerta y atranca el postigo. El hombre recio, el gaucho viril, no quiere que lo vean llorar”. Rosas decreta duelo. Organiza y paga un pomposo funeral y pasa ser obligatorio llevar el cintillo negro de duelo junto con la divisa punzó.

      A partir de ese momento, Rosas decide dedicarse de lleno a gobernar. Y ante la ausencia de Encarnación, inicia una relación -en un principio secreta y para nada equitativa- con la joven Eugenia.

***

    La entrevista del diario, a la cual yo le había sacado fotos y estaba leyendo en ese bar, la había realizado, en los primeros meses de 1928, un periodista de apellido Pineda Yáñez, que se había llegado hasta, en aquel entonces, remoto paraje del sur, en el partido de Alte Brown, de lo que antiguamente (pero no tan lejano en el tiempo) había sido la “campaña”; tierras que el ferrocarril del Sud ayudó a poblar. 

    Al comenzar el artículo el periodista escribe:

  Glew no es otra cosa que un nombre inglés, un pedazo de Inglaterra, la sombra del destierro. Hace 20 años que vive en Glew. Otros 20 llevó su padre en el exilio. La miseria ha desterrado a Misia Nicanora. Todos nuestros sueños se han desvanecido, cuando nos dijeron, al descender en la estación, el lugar donde habita con su hija, y un nieto. Y no es su nombre siquiera el que figura. Parece muerto hace mucho, desaparecido en el crisol del tiempo.

¿La señora de Casado?, siga derecho nomás. Allí en el campito vive misia Bernabella. En la casa sola. Rodeada de campo está la casa, desvencijada, formando esquina, en una de cuyas paredes los años han ido robando fijeza a unas letras temblonas que dicen: “farmacia”.

Por sus puertas destartaladas, el viento del invierno debe traer alaridos lejanos que recuerdan a la anciana señora los gritos salvajes de la indiada entregada al malón. Hay gallinas en torno, cloqueando. Después, el silencio de los siglos se cierne sobre la casa como eco sobre ruinas augustas”

      Nicanora recordaba varios lugares y anécdotas mientras convivió con Rosas siendo niña, tanto en la casa de la calle Bolívar como en la fortaleza de San Benito de Palermo, dónde luego Sarmiento ordenó levantar el parque “3 de Febrero” (fecha de la batalla de Caseros) y posteriormente se instaló el Zoológico (hoy, el zoo es una reserva natural urbana). Era una entrevista extensa, al punto que el autor –supe por la info que me brindaba la web- luego hizo un libro con buena parte de ese material (“Como fue la vida amorosa de Rosas. Ed. Plus Ultra.1972).

  Como en el artículo mencionaba el apellido “Casado”, que fuera yerno de esta mujer, entré en la página de búsqueda de números telefónicos para ver si todavía residía alguna persona con dicho apellido, en Glew. ¡Bingo! Eran tres los números que aparecían en la lista. Desde el celular llamé a uno, me atendió una voz femenina. Sinceramente no sabía cómo empezar la conversación sin que la interlocutora me considere un desquiciado. Opté por decirle que era un investigador de cuestiones históricas del partido de Alte. Brown, y le confesé lisa y llanamente el motivo de mi llamado. Luego de unos segundos de silencio dijo, por fin, que sí, que era descendiente de esa mujer; pero me recomendó hablar con su tío, brindándome los datos donde ubicarlo.

  Llamé al mozo, pagué la cuenta y salí presuroso hacia el subte con destino Estación Constitución. El tren a Glew salía cada veinte minutos.

***

  De la relación de Juan Manuel de Rosas con Eugenia Castro (“La cautiva”, así la llamaba Rosas, según Piñeda Yáñez) nacieron 6 hijos (algunos le atribuyen a Rosas también la paternidad del primero, pero dado que Encarnación aún vivía –argumentan- un sobrino de esta lo asumió como propio):

-          Ángela (1841),  Nicanora (1844),  Ermilio (1845), Justina (1849),  Joaquín (1850) y Adrián (1852, cuando Rosas ya estaba en el exilio).

    Rosas tenía mucha afinidad con dos de estos dos niños: Ángela, a la que llamaba “el soldadito” porque la niña gustaba usar el uniforme del ejército rosista y con Ermilio, que llamaba “El coronel”. Según el autor, Rosas le pidió a Eugenia que viaje con él al exilio, pero solo con esos dos hijos. Eugenia se negó. Era con todos o nada. Fue nada.

    A Nicanora, su padre la llamaba “Canora”, y cuando le regañaba por su comportamiento le decía “la gallega”. Una anécdota –según cuenta Nicanora- era qué de niña, un día “el viejo” ordenó a dos de sus soldados que “lleven a esa gallega salvaje unitaria a que le den 500 azotes”. Y la castigaban a medias, porque los latigazos se lo daban sobre un cartón que le ponían encima, sobre su espalda, de manera que no impacten sobre su cuerpo, pero sí que el acto y el ruido le infundieran temor.

***

  Llegué a Constitución. Siendo sábado, la gran estación terminal no era un hormiguero como habitualmente sí se muestra los días de semana. Miré el cartel anunciador: Alejandro Korn, por andén 4. El tren partía en cinco minutos. Pasé los molinetes y apuré el paso. Subí al vagón y me senté en el primer asiento vacío que encontré. Quería seguir leyendo más detalles de la vida de aquella mujer y de los recuerdos que confesaba al periodista de “Crítica”. De pronto, me encontré repitiendo el mismo recorrido que, en 1928, este había realizado.

  Debió ser el cansancio o el traqueteo de la formación. No lo sé. Pero a la altura de Lanús me dormí profundamente. Desperté cuando una voz anunció el arribo a Glew (lo pronunció Glú), pero algo raro había sucedido. Algo que no podía explicar. Ni el vagón ni la formación era al que me había subido en Constitución. Estaba en el interior de un vagón de madera. ¿En qué momento cambiamos de tren?, pensé. Cuando descendí, mi sorpresa fue mayúscula. El edificio de la estación también era de madera (bah, era una sencilla casucha con la forma típica de las antiguas estaciones ferroviarias que en fotos había visto). Los andenes eran bajo y la gente los cruzaba con total normalidad. Estuve unos segundos detenidos observando la escena. Caminé algo aturdido. Hice unos metros y me percaté que todo –o casi todo- a mi alrededor era campo. El pitido de la locomotora a vapor me sobresaltó. El tren retomaba la marcha hacia San Vicente.

   No atiné a decir palabra. Las pocas personas que descendieron conmigo habían desaparecido más allá de la calle.  El viejo reloj de la estación marcaba las tres y media de la tarde. Nadie caminaba por la calle. A través de una de las ventanas de la oficina de quién era el jefe de estación alcancé a ver un almanaque. La fecha casi me produce nauseas: 3 de abril de 1928. Una brisa fría me recordó que no tenía abrigo para ese día de otoño.

  Salí hacia el exterior (salir era una manera de decir), y lo primero que pude observar fue la cúpula de la Capilla Santa Ana; hacia allí me dirigí. En esa dirección tenía que ir, según las indicaciones que me había brindado la sobrina de Oscar Casado, la persona a la que yo tenía que ir a ver en el presente. Ahora estaba en el pasado, no sé si un pasado real o de ensueño. Pero yo lo vivía tan real como es el presente.

  Unas pocas construcciones se levantaban sobre la calle junto a la estación. Viejas edificaciones que en el siglo XXI ya no existen… o no lucen así. Como esa casa de dos plantas, en la ochava de enfrente, tan características de Glew. Los pocos comercios estaban cerrados. La hora de la siesta era sagrada en todo pueblo, recordé. Y Glew era eso. Un pequeño pueblo junto a una vieja estación.

Caminé en dirección a la iglesia. Sus puertas estaban abiertas, no resistí la tentación de ingresar. Estaba vacía, como vacía estaban sus blancas paredes. Faltaban cuarenta años para que el maestro Raúl Soldi realizará su extraordinaria obra. Saqué el papel donde había anotado los datos, según las indicaciones, tenía que seguir dos cuadras desde la capilla.

  Fue pasar la construcción de la iglesia y la vi. Aquella era la casa, sin dudas, la vieja casa haciendo esquina, como escribió Piñeda Yañez en el artículo.  La calle era de tierra, me acerqué lentamente. De la arboleda cercana llegaban el canto de los pájaros. Más allá podía ver vacas pastando y el humo de la locomotora que se perdía en el horizonte sur.  La casa tenía paredes de ladrillos grandes, revocada de manera rustica. Ventanales que nacían desde el piso. En un costado, un rudimentario portón de madera que más parecía una pequeña tranquera. Me acerqué a este. Golpeé las manos. Una, dos veces. Percibí un ladrido de un perro, que no se acercó. Escuché una voz que gritó: - ¡Pase!-

    Atravesé el portón tranquera y caminé por el costado de la vivienda. Llegué a un patio, distinguí un viejo aljibe. Las gallinas caminaban a su alrededor, picoteando la tierra. En el patio, bajo la sombra de una parra una anciana se mecía sobre una silla de mimbre. Supe que era ella.  

    Tenía sus ojos cerrados y los abrió cuando me aproximé. Respiraba cansada. Los años parece pesarle. Mueve sus labios hacia arriba imperceptiblemente, se me antoja que era una mueca de sonrisa:

-Lo estaba esperando…tome asiento- me dijo.

   Me senté en un banco de madera junto una mesa de igual material. En silencio. No podía emitir palabra, creo que solo le devolví la sonrisa.

  Cerró los ojos nuevamente. El movimiento de la silla mecedora y la cadencia de su respiración parece transportarla al mundo de los recuerdos, como un sortilegio, un puente primitivo.

-          ¿Sabe?, cuando cierro los ojos las imágenes vienen a mi memoria. Primero son borrosas, luego se van aclarando. Me veo niña, en la gran casona de Palermo, jugando con Antuca, Ángela y Ermilio. Son momentos alegres, mi madre… pobrecita, que Dios la tenga en la gloria, está abocada a las tareas de la casa, entre tantas otras mujeres que hacen lo mismo. El viejo está en su escritorio atareado en sus cosas; no lo vemos, pero lo sabemos. Vemos entrar y salir de ese cuarto a personas vestidas con ropas elegantes, y también a soldados con los uniformes rojos punzó-

Me miró como esperando preguntas. Yo seguía mudo.

-        -   Ay, ay, ay…pensar que en Palermo como en Santos Lugares estábamos bien atendidos, mis hermanos y yo. Las criadas nos peinaban y mi madre nos ponía vestidos de buena tela. Todos, allí, sabían quiénes éramos; lo sabían…, pero tenían prohibido decirlo. ¡Y míreme ahora, vestida con ropas simples, y con un peinado que madre mía!  Pero tengo que agradecerle a mi hija Bernabela que me cuida y me da todo lo poco que hoy tengo. No me falta nada, ¡eh!, pero ciertamente no hemos tenido nada de nada luego de que el viejo se fuera al exilio. ¡Qué miseria pasamos junto a mi madre! Ella recibió, tiempo después, lo que su padre, mi abuelo, le había dejado como legado. Una casucha en el barrio de la Concepción. Pero tuvo que esperar que Rosas haga su testamento, después de eso se la dieron. A ella y a su hermano. Mi tío.  Pero el muy taimado de mi tío se la terminó quitando. Antuca fue la única que más o menos se acomodó, con su marido. El resto estuvimos de aquí para allá pasando muchas necesidades, lavando y cociendo para otra gente-

        - ¿Por qué Rosas no los reconoció? - me animé a preguntarle.   

 -    ¿Habla el señor?, pensé que era mudo - me dijo haciendo la misma mueca que yo atribuyo a una sonrisa. Y continúo: - El viejo tenía la presión de mi media hermana, Manuelita. Ella no quería saber nada con que nos reconociera. Para ella nosotros éramos los hijos de una mujer que estuvo con su padre solo para acompañarlo en la soledad. Ella igual se divertía con nosotros, eh!. Se divertía de lo lindo, cuando vivíamos en Palermo. Nos mandaba a llamar para que la peináramos y esas cosas. Pero éramos solo eso: hijos de una extraña, de una sirvienta que atendía a su padre, nada más. Y para el viejo, Manuelita era su debilidad. Ella lo terminó acompañando al exilio, junto al que después fue su esposo, Terrero. Cuando ella le anunció que se casaba, el viejo le quitó la palabra durante mucho tiempo, porque se sintió que lo abandonaba en la vejez. Y así era el viejo, él también había quedado ofendido con mi madre porque ella no quiso acompañarlo. Se lo reprochó hasta en las cartas que intercambiaron después. Y en las que también yo escribía. Por suerte, Antuca, Ángela, Ermilio y servidora llegamos a tener cierta educación en Palermo. ¿Sabe?. Mis hermanos más chicos, no. Ellos no llegaron a disfrutar lo que nosotros vivimos junto a nuestro padre. Ellos fueron analfabetos, pobrecitos. Pero él se fue, y quería que mi madre la acompañara solo con Angelita y Ermilio. Mi madre se negó. Y así pagó lo que él llamó “ingratitud”. Pero, ¿sabe?, a mí no me importó y me cambié el apellido de Castro por Rosas. Todos mis hermanos, menos Antuca que ya tenía el de Sotelo Costa…ella, para que mentir, también era hija. Nos lo confesó mi madre. Y en 1886, cuando mi hermano Adrián y yo vivíamos en Lomas de Zamora, conocimos al Dr. Rafael Calzada, un abogado español. Lo visité en su estudio. Y terminamos iniciándole un juicio a Manuelita y Juan Bautista, reclamando que nos reconocieran como hijos de Rosas, como lo que éramos, y también reclamamos cobrar parte de su herencia. El juicio fue noticia en los diarios de la época. Pero la justicia dijo que mi padre no tenía bienes en el país ya que se le había confiscado todo, luego de derrocado. Y si algo dejó en Inglaterra, teníamos que iniciar el juicio allá. Imagínese, no tuve ni la plata ni las ganas para seguirlo. Y se acabó la historia. Dejamos también de intercambiar cartas con Manuela. Ya no queríamos saber nada de ella-.     

 Un fuerte viento se levantó y una puerta detrás de mí se cerró con fuerza, haciendo un ruido que me sobresaltó. Distraje la mirada para buscar la fuente del impacto. Volví a girar la cabeza hacia Nicanora, pero solo me encontré con una mecedora vetusta y vacía. Las hojas del piso se levantaron por el mismo viento. El suelo ya no era de tierra sino de baldosas. El patio parecía haber cambiado, no demasiado, pero si lo suficiente para darme cuenta que, si bien estaba yo sentado en el mismo lugar, la casa ya no era la misma. No, al menos, como lo era mientras hablaba con Misia Nicanora.

  La voz de un hombre me hizo levantar la vista.

-          -Mire -me dijo Oscar Casado- acá está todo el material que yo conservo de la historia familiar. No es mucho

       Y a continuación me lo extendió. Lo tomé en mis manos, abrí el folio y saqué los recortes. Uno de ellos era una necrológica, sobre la muerte de Nicanora, publicada en un diario de la época. No tenía nombre de la publicación ni fecha.

-       -  No sabemos ni cuándo ni dónde murió mi bisabuela-  dijo Oscar.

S     Sopesé el material que tenía en mis manos. Leí: Nicanora Ortíz de Rozas. Ya no Castro, ni Rosas a secas. Ella fue enterrada con ese apellido compuesto. Le pertenecía. Sonreí. Lo miré a Oscar y le prometí que iba a investigar para darle respuestas.

      Desde entonces, la historia de Nicanora en Glew, no me abandonó jamás.

 

Juan Pablo Gómez


Fuentes:

Piñez Yáñez, Rafael en Diario Crítica. Articulo. Edición del 21/01/1928

Piñeda Yáñez, Rafael. “Como fue la vida amorosa de Rosas”. Ed. Plus Ultra. 1972

Gálvez Manuel. Vida de Don Juan Manuel de Rosas. Editorial Tor, 3ra edición, 1949

Sáenz Quesada, María. Mujeres de Rosas. 2005. Emecé.

Gómez Juan Pablo. Descendientes de Rosas en la región Lomas de Zamora y Alte. Brown La historia de Nicanora Rosas de Galíndez en Glew, y su descendencia. 2018.Trabajo inédito.

Mi agradecimiento a Oscar Casado y familia. 

domingo, 29 de septiembre de 2024

Mercado del Sud. Constitución.

 Estaría con los pies en el lodo y las carretas me impedirían cruzar como lo estoy haciendo ahora, si estuviera a finales de la década del cincuenta del Siglo XIX (1859). Entonces todo esto era un gran baldío. Un "hueco" como le llamaban.

Y las carretas conformaban el "mercado del Sud" (pues había otros en el oeste y al norte de la gran aldea).



El "mercado de Constitución", como oficialmente se lo denominó en 1858, fue corrido de su ubicación anterior, más cercano a la calle Independencia (barrio de la Concepción).

Las carretas llegaban con frutos desde la campaña bonaerense, del  partido de Barracas al Sud que se extendía desde la zona de Barracas hasta San Vicente (al Sudoeste) y Quilmes (al Sudeste).

Una de las calles principales que conectaban la zona de hoy plaza Constitución con la campaña era "la calle Larga de Barracas", hoy Av. Montes de Oca. Al cruzar el Riachuelo se abrían los caminos hacia las distintas regiones. 

Hacia 1864 comenzaría a construirse el Ferrocarril del Sud y se iniciaría un paulatino descenso de la presencia de carretas, los productos llegarían en tren. El Mercado de Constitución funcionó hasta 1885. 

Ahora no hay carretas, hay colectivos. Cruzo la plaza sin temor a pisar bosta de caballos. Hay sectores dónde huele a pis, pero de humanos. Cruzo las calles que me separan del bello edificio, cuya construcción se inicio en 1885. El año lo tiene escrito en relieve sobre la fachada de la calle Brasil. El viejo Ferrocaril de Sud me espera. 



Juan Pablo Gómez 

Referencias históricas:  "Maroni José Juan, El barrio de Constitución". Publicado por Municipalidad de la Ciudad de Bs. As.  3 era. Edición. 1978.

Escenas de la vida diaria. Colectivo 57

   Discuten desde que subieron al colectivo. No se los motivos, pero discuten. Ella y él. Ella sufre algún problema porque mostró un carnet al conductor. Le vi un temblor en su mano izquierda con la que sostenía una hoja escrita que parecía refrendar lo que la credencial decía.  No parecen ser pareja. Él es más alto. Ella lleva una campera algo raída y una gorra con la vicera hacia atrás. No puedo diferenciar cuál de los dos es más joven. Se sentaron en el fondo. El colectivo está semi vacío. Somos cuatro pasajeros más, sentado en la misma línea, del lado de la sombra porque afuera el sol está fuerte. La autopista hacia capital está tranquila, pero hacia Luján arde también de vehículos. 

Discuten..Ella le cuenta algo, él dice que no le cree. Se levanta enojado y camina hacia otro asiento, pero adelante del micro. Ella también se levanta y camina hasta la parte central. Se sienta, le dice que al menos lleve la bolsa. Él vueve atrás y ella lo sigue. Se sientan de nuevo. 

 Un muchacho joven que subió recién se ubica del lado del sol, es el primero en hacerlo, el único. Y abre un libro. Ya somos diez y ellos. 

  Ahora ellos hablan; ella cuenta y él acota. Parecen hermanos. Élla cuenta que alguién le pegó. -Que no lo vuelva hacer, decile- dice él.  Y ella cuenta y él acota. Él le reprocha y le dice que le diga que no siga. Y su charla se pierde a media voz. Ella cuenta a su hermano. Ella sufre y él la aconseja.

   Yo escribo, no con el ánimo de saber que hablan sino de contar la escena. Una de tantas en la vida cotidiana.

Domingo 29 de septiembre 2024. 11.00 h

viernes, 27 de septiembre de 2024

Mensuras de la Ciudad de Buenos Aires. Ribera del Río de la Plata y Riachuelo 1771-1909

   Buscando otra información caí en esta publicación que resulta por demás interesante para los  historiadores e investigadores de la Ciudad de Buenos Aires. Se trata de un trabajo, una compilación, de numerosas mensuras (planos), realizados por agrimensores de distintas propiedades entre los años 1771 y 1909 cercanas a la ribera del Río de La Plata y el Riachuelo. La obra fue preparada por el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, y publicada en 2007.

  Que estos documentos hayan sido compilados, pero además puesto a disposición de manera online facilita mucho la búsqueda de los investigadores en cuestiones históricas. 

  Se puede consultar  en este link 



   Aquí se podrá encontrar mensuras de terrenos como los de San Benito de Palermo, Unzué, Lezama, Lavallol y la zona de Barracas, entre otros. Aporta también los nombres de los propietarios, los antecedentes de dominio en varios de ellos y los propietarios linderos. 

  Al final de la publicación se podrá consultar un índice de propietarios, agrimensores y jueces intervinientes. Y tanto al comienzo como al final la ilustra no solo las mensuras sino también una serie de muy lindas imágenes de la ciudad, como las que reproduzco a continuación.

Una de las fotos que ilustra la obra.

Imagen que ilustra la obra


Juan Pablo Gómez

martes, 17 de septiembre de 2024

Creó el "museo" de la revista "El Gráfico".

El cartel anuncia la hoy ausente estación
"La Choza"

 La Choza es un paraje del partido de Gral. Las Heras, en la provincia de Buenos Aires. A casi 100 km de CABA.

 Hace años que el tren no se detiene. Ya no llega. Era el ramal Belgrano Sur, que sale desde Estación Saénz y hoy llega hasta González Catán y, ocasionalmente, hasta Villars en el partido de Las Heras.

 En "La Choza" hoy viven unas 40 almas. El silencio de sus pocas calles solo es roto por el canto de las aves y, más allá, los gritos que llegan del partido de fútbol que se está jugando en la única canchita ubicada frente a la que fue la estación, hoy convertida en plaza. 

  La ruta 24 atraviesa la localidad, y se puede llegar desde Plomer -por calle de tierra, en  buenas condiciones- o por asfalto, en no tan buenas en algunos tramos, desde la ruta 47, que une Luján con Navarro. Hasta acá llegue, ocasionalmente, el pasado domingo por la mañana y conocí a Ruben Prieto. 

Rubén Prieto

  "Rubito", como le dicen en el pueblo, atendió hasta 2012 una despensa y despacho de bebidas que heredó de su padre, oriundo de Tomás Jofré que llegó a La Choza en 1951. En la puerta de la ochava de la vieja despensa hoy hay un cartel escrito a mano, debajo del de Coca Cola y arriba del que anuncia "empanadas", que dice "Museo Revista El Gráfico".  

 Prieto me contaría luego que después de cerrar la despensa, una vecino -que sabía que él tenía más de un millar de revistas "El Gráfico" heredadas de un tío fallecido y que solía exponer sobre una mesa del negocio- le sugirió por qué no reabría como un museo de la revista que supo ser icónica del deporte argentino. A él, en principio, la idéa no le entusiasmó, pero con el local cerrado y tiempo libre un día comenzó a poner las revistas una a una sobre las paredes, mesas y hasta colgadas del techo. Y así nació este improvisado espacio que homenajea a "El Gráfico", con números de la década de 1950 hasta 1990.

  El término "museo" es pretencioso. Lo aclaro para los puristas de las palabras y museólogos. El material tampoco tiene los cuidados y ni los tratamientos de conservación que indican los protocólos. El de Prieto es, convengamos, un espacio generado por un ocasional coleccionista, casi accidental diría, que recuerda a la emblemática revista y que Ruben muestra con orgullo y sin cobrar un centavo mientras despacha alguna bebida fresca o espirituosa.

  Mientras tomaba un agua saborizada, le hice esta breve entrevista.  




Algunas fotos 






EL GRÁFICO

  Esta publicación no nació precisamente vinculada al deporte, como sí quedó plasmada en la memoria colectiva. Vio la luz por vez primera el 30 de mayo de 1919. Fundada por Constancio Vigil, tenía un par de páginas y contenía fotos de hechos y lugares. Con el tiempo fue volcándose al deporte donde generaciones brevaron de sus páginas.  Se publicó impresa hasta 2018, seis años antes la editorial de Vigil la había vendido a Torneos y Competencia, pasando de ser semanal a mensual. Su desaparición de los puestos de diarios, a casi cien años de existencia, consternó a sus muchos fieles lectores. 
   Hoy sigue en línea a través de su página web 
https://www.elgrafico.com.ar/

Más sobre su historia aqui

Autor
Juan Pablo Gómez Granara

juanpgomezgranara@gmail.com


Veracruz 2477. Valentín Alsina

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