miércoles, 22 de enero de 2025

La cerradura

   El hombre, ya mayor, trabajaba con parsimonia sobre la cerradura. No tenía apuro. Perforaba con el taladro a la vez que recordaba y me contaba.

 "Yo nací en Colombia, Bogotá. Mi padre era marino mercante así que estaba mucho tiempo afuera. Con una mujer en cada puerto. Cuando regresaba era un desastre. Tomaba, golpeaba a mi madre y a nosotros, sus hijos. Era un infierno".

  Alumbrándose con linterna del celular, trataba de introducir la punta del destornillador en el agujero recién hecho, para destrabar el pestillo. Todos sus movimientos eran lentos. Uno, dos intentos y nada. El ruido del taladro volvía a escucharse en el patio. 

  Enrique es delgado, tiene la piel trigueña, pero tirando a morena. Ya pasó los setenta, y su cuerpo está algo encorvado. Su pelo es blanco, la barba también. Me mira con sus ojos claros cuando habla...y cuenta.

"Cuando mi madre estaba embarazada del hermano que me seguiría, mi padre le dio tal golpiza que el bebé nació muerto, y con parte de su cabecita aplastada por la fuerte patada que mi papá le dio en su vientre, aquella vez". 

  Insiste con el taladro. Hace otro orificio en el metal. La cerradura, aunque económica y añejada, no quiere ceder. Enrique no pierde la paciencia. 

"De siete hijos, quedamos cinco. Criados por una madre que no podía más, y con un padre ausente y violento que apenas le dejaba a mi madre unos pocos billetes que no alcanzaba para criarnos. Y entonces ella, pobrecita, enloqueció. La internaron en un loquero y quedamos al cuidado de mis abuelos maternos. Yo tenía tres años".

  Hacemos fuerza entre los dos, yo con un destornillador hago palanca sobre el pasador. Él, con otro hace lo mismo, pero del otro lado de la reja. Cede, se afloja y logramos abrir la puerta. Le sonrío. Estoy sudando por el calor y el esfuerzo. A él no le cae ni una gota de transpiración. 

"Nos tuvieron poco tiempo. No podían. A mí me mandaron a un hogar de niños. Nos separaron a todos los hermanos. Cada uno por su lado. Primero estuve en un hogar luego, de más grande, de pupilo en una escuela de curas. Salía dos veces al año. Pero yo estaba solo, aun teniendo los parientes". 

  Me dio a entender que sufrió de todo durante su internación, incluyendo castigos físicos. No quise ahondar. 

  Salimos a comprar la cerradura. Subimos a su auto. Arrancó y tomamos por la avenida.

¿Y cómo siguió? Me miró, miró hacia adelante y continuó. 

"No llegué a terminar el bachiller. Yo ya estaba viviendo nuevamente con mis abuelos maternos. Eran desconocidos para mí. Y todo lo reprimido que estuve en mi niñez, que transcurrió en la más absoluta soledad, sin una caricia, sin saber lo que era un abrazo de madre, de un padre, se transformó en locura: joda, alcohol, mujeres.... Yo estaba perdido. Me sentía sin proyectos, sin nada. Y comencé a pensar en suicidarme". 

  Miro hacia afuera. Veo que faltan unas cuadras para detenernos, los dos semáforos me darán algo más de tiempo para ahondar. 

"Estaba decidido a matarme. Una tarde subí hasta un tercer piso, abrí una ventana y solo tenía que saltar. Me puse de rodillas implorando que si estaba Dios conmigo me diera una señal, algo. Me levanté y al acercarme al ventanal mi cuerpo comenzó a temblar. No podía controlarlo. Me dije, Enrique, no es el día. Y lo cerré".

  Llegamos al negocio. Descendimos del vehículo. Saludamos, y le mostré la cerradura al vendedor.  El joven fue quién me había recomendado a Enrique, por su honestidad. Y yo no lo dudé, le escribí. Y ahí estábamos, dispuestos a terminar el trámite y yo a escuchar la última parte de su historia. 

  Ya arriba del auto lo miré a Enrique y le pregunté ¿Y cómo siguió su vida? 

"Bueno. Yo continué con la vida que llevaba, pero un día me cansé. No tenía a nadie, todo era joda. Y entonces sólo en mi habitación agarré un libro del que tanto me habían hablado de niño los curas: la Biblia. Y cuando comencé a leerla, sentí que algo se desprendía de mi cuerpo, una carga. Quedé liviano. Y así fui sanando, aunque igual me costó mucho tiempo. Y caí un par de veces más en las tentaciones, pero con la ayuda del Señor, reconociendo mis errores, pude seguir adelante".

  ¿Y a la Argentina cuando vino?

"Allá yo concurría a una iglesia. Y una vez vino un pastor argentino. En su gr upo conocí a la que luego fue mi señora, cincuenta años atrás. Y me vine con ellos". 

   Otros cuantos minutos le llevó colocar la cerradura. Había que pasarle la amoladora al hierro, para que encastre en la caja metálica. Se colocó unas antiparras. Y entre esas chispas anaranjadas que desaparecen apenas surgen del roce del disco con el metal, Enrique concluyó: "Dios me salvó".  

    Lo imaginé a Enrique parado en un templo repitiendo: el Señor me salvó. Lo imaginé ofreciendo su testimonio en la plaza frente a la estación con un micrófono en su mano y la Biblia en la otra. Esas escenas vinieron a mi mente, reconstruidas de tanto verlas a diario. No pongo en duda todo lo que él me contó, de lo que padeció en su niñez. No soy quién para hacerlo. Después de todo se trata de creencias. La de su historia, la de Enrique, la Biblia y Dios. 

   Al terminar y antes de irse me extendió un folleto. Lo miré y leí por encima una pregunta que tenía por título ¿Cómo somos? Intuí lo demás. Insistió en que anotara "El Encuentro" y la dirección. Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo del pantalón. Se lo agradecí. Antes de subir al coche, Enrique me volvió a invitar a la iglesia a la que concurre. Nos despedimos. Bendiciones, me dijo. Igual para usted. 

    Por ahí dejé el folleto. No quise tirarlo. No quise preguntarle a Enrique a cuál de las muchas ramas religiosas pertenece. Son variados los caminos para llegar a Dios, como variadas las interpretaciones. 

   No creo que Enrique me vea entre la concurrencia. Yo creo que Dios está en todos lados, si hasta pudo habernos espiado por el ojo de la cerradura. 

JPG – 01/2025

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