sábado, 7 de diciembre de 2024

El viaje.

 


Cierro la cortina para no dejar entrar el sol. Al apoyar el brazo, la siento "rústica", digamos; pienso en sudores y tierra absorbida por la tela. Me da escozor. Al tacto, se parece más a una lona que a una tela. Igual la dejo cerrada; el sol pegándome en la cara, en este momento, me fastidia más. Tengo sueño y no puedo dormirme.

Estoy en un colectivo de media distancia, que a veces se hace de larga cuando el acceso está pesado, como hoy. Es un colectivo largo, doble, con "fuelle" en el medio. Y pienso en un bandoneón y en su hermano, el acordeón. Este no hace música.

"Prohibido apoyarse sobre el fuelle" me pareció que decía un cartel, pero nadie hace caso. Busco con la mirada, desde mi asiento, el cartel. No lo veo. ¿Era aquí o en el tren donde lo decía?

Estoy sentado mirando hacia atrás, pegado al fuelle, y pienso que estos coches dobles aparecieron en una época, pero luego quedaron transitando pocas unidades. Gusanos del asfalto. Hay que saber calcular muy bien al momento de girar esta carcasa larga. Los chóferes tienen cancha y, menos mal, que no tienen sueño. A mí, a cierta hora, me da sueño al manejar. Con lo que me gusta viajar por la ruta, lo siento como un castigo.

A mi papá le pasaba lo mismo. Se dormía manejando. Recuerdo cómo protestábamos con mis hermanos porque se detenía a dormitar en la ruta, en un viaje a la costa. El karma o la herencia.

El interior está lleno, digo, el del colectivo. El del país no tanto. El tránsito está pesado, parado; el país también. Y escribo para distraerme porque tengo sueño para leer. Miro a la gente. La chica sentada en el piso lee un apunte. Estudia medicina, parece. Cuento: unos diez escuchan algo con auriculares. Gracias por usarlos. A veces hay que soportar al que se cree disc jockey y piensa que puede musicalizar el interior del transporte con su música. Tuve que googlear cómo se escribe, confieso; tengo poca cultura de boliche. Insoportables esos que escuchan música con el celu a todo volumen.

Esta mañana, en el noticiero, contaban que un chófer, no sé dónde, se agarró a las piñas con dos porque escuchaban la música fuerte. En el colectivo hay más reglas, parece, pero el tren es más "anarquista". La voz cantante la llevan los vendedores. Nadie más lee.

Otros diez, al menos a mi vista, la mitad del colectivo, se distraen con el celular. Somos once, porque escribo en este. Y algunos miran la nada. ¿En qué pensarán? Quién puede, dormita.

Salimos del tráfico en el peaje; ahora el colectivo va por el carril exclusivo de la autopista. Un alivio. Veo desde mi ventanilla a los autos trabados, unos con otros, a paso lento. El castigo de viajar en auto a Capital. El ómnibus avanza ligero. De una u otra forma, la ciudad nos castiga; somos los que osamos atravesar sus límites todos los días.

Antes de terminar de escribir, ya estoy en Constitución. Tengo que bajar. Me espera el subte. Ahí sí no se puede viajar en el fuelle, pero algunos tienen alma de aventureros.

Jpg

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