Yo lo recuerdo violento.
Violento, sí. Y borracho.
No sé cómo había alcanzado su rango. Supongo que alguna vez sintió el deseo de ser. O, quizás, era lo único que podía llegar a ser. No eran demasiados los requisitos que pedía el Ejercito. No había que tener demasiadas “luces” para integrar sus filas.
Alguna vez, hace tiempo, enviaban a formar entre sus filas a los "vagos y mal entretenidos". En algún fortín alejado, le facilitaban un fusil y así, nada más, estaban listos para combatir. No había entre estos ni educación ni vocación, claro. Y los había de toda calaña. Bien podía estar en sus filas un "Yacaré", como ese personaje que describe “Fray Mocho” en su libro “Viaje al país de los matreros”. Y estuvieron, sí. Más acá en el tiempo, también. En definitiva, no les otorgan las medallas por el saber sino por la cantidad de enemigos que se “cargan”. Antes era así. Poco cambió después.
El sargento López era delgado, pero no fornido. Morocho, de ojos chiquitos. Y labios algo finos. Tenía la piel de su cara que parecía "marcada por la viruela", al menos así solía decir mi madre. A mí siempre se me antojó comparar esas marcas con las que tenían las galletitas "Imperiales" en la parte de atrás. Quizás no eran "Imperiales" las que yo comía de chico, sino alguna parecida. Da igual. La perfección del frente que mostraba la galleta, se perdía en su parte de atrás, en su cara oculta. De ese lado, no eran de un liso perfecto. Así, era el rostro de aquel sargento.
El "negro López", así le decían los “colimbas” que se iban de baja. Así, también, le empezamos a decir los que nos habíamos quedado. El negro López no daba órdenes a los gritos, como los otros milicos. No. Él las decía en voz baja. Las gritaba en susurros, con una mueca en sus labios que podía parecer una incipiente sonrisa, pero era de pura ironía, con la que disimulaba el desprecio. También yo podía percibirlo en su mirada: detrás de esos ojos chiquitos –y, a veces, “achinados”- se parapetaba el resentimiento.
Él estaba convencido que iríamos a una pronta guerra con Chile. Era el año 1991. Creo que era porque la deseaba. No cabía dudas que aborrecía a los chilenos. Y a los policías. Los milicos odian a los policías.
Tiempo después de hacer la instrucción y ya siendo soldado (uno lo era después del juramento a la bandera, antes de eso era un “recluta” o, simplemente, un “tagarna*”) me había tocado hacer guardia en el puesto “Spinassi” (ni idea por qué el nombre), ubicado en los fondos del cuartel. A cargo de nuestro grupo estaba, en esa oportunidad, el sargento López. Era un fin de semana.
Al mediodía nos había dejado encender fuego para hacer algo a la parrilla. Un soldado compró unos chorizos en la carnicería que había en el barrio frente al regimiento, pero no salió por la entrada principal sino por un agujero del alambrado que había en la parte de atrás del cuartel. El sargento lo había autorizado, pero el permiso no era un gesto de bondad sino de interés. Lo comprobé después cuando lo vi volver a García con la bolsa de chorizos en una mano y con dos cajas de vino en la otra. Tinto los vinos. Los chorizos fueron para nosotros, los vinos para el sargento.
Por la tarde, después de beberse él solo el contenido de una de las cajas, el sargento acercó la silla a la sombra del eucalipto más cercano y ahí se sentó con el fusil sobre sus piernas. Ya mostraba los primeros efectos de la bebida. Se le notaba en el andar, y en el tufo rancio que emanaba de su boca cuando hablaba.
Durante el almuerzo el grupo había estado hablando de distintos temas. El milico siempre se vanagloriaba de su actuación en el ataque que había sufrido, alguna vez, el cuartel por parte de un grupo de guerrilleros. Los atacantes no pudieron salir porque fueron inmediatamente cercados por la policía. El sargento despreciaba a la policía, ya lo dije. Para él, eran cucarachas, milicos frustrados. Yo lo miré y le dije:
- Pero, mi sargento, fue gracias a la policía que los atacantes no salieron del cuartel- y agregué - por tanto, se lo tienen que agradecer a ellos-.
López me miró con esos ojos chiquitos, ahora brillosos, y con esa sonrisa que yo ya conocía. No me respondió. El tema de la charla giró para otras cuestiones.
A la misma sombra nos habíamos acercado los tres soldados que estábamos en turno de descanso. En un momento, el sargento levantó su fusil y como en un ejercicio de tiro, gatilló dos veces. Las balas del FAL pegaron en la rama de un árbol cercano. Las detonaciones acallaron el canto de los pájaros. López sonrió. Luego me miró.
-Soldado- me dijo -vaya a colocar esa lata arriba del palo aquel- y señaló el poste del cerco que separaba el cuartel del camino que conducía a un gran basural en terrenos linderos, a unos treinta metros de donde estábamos.
Lo miré.
Hizo un gesto con su cabeza, ratificando el pedido.
Levanté la lata y fui.
Mientras caminaba dándole la espalda escuchaba las risas de mis compañeros. El sargento decía algo y ellos se reían. A medio camino giré mi cabeza y vi a López apuntándome con el fusil. Desde ahí me gritó:
- ¡A ver soldado lo que aprendió! –
No lo dudé, me tiré cuerpo a tierra.
Había empezado a sudar frío. Desde el suelo lo miraba entre los pastos. Seguía apuntándome. Comencé a sentir como la tela de la camisa verde, mojada por mi propio sudor, se adhería a mi piel, y ya eran numerosas las gotas que habían comenzado a discurrir por mi cara y cuello.
Desde ahí, de donde yo estaba, si bien no veía detalles del rostro del sargento, podía imaginar la mueca de sonrisa en sus labios finos, apretados.
- ¡Levántese, soldado, y corra! - oí su voz pastosa
Me quedé acostado.
- ¡Levántese soldado y corra! ¡Es una orden! - gritó.
En ese momento sentí miedo. Si era un simulacro o no, yo no lo podía saber. Como no podía saber si su estado lo llevaría a apretar el gatillo. Accidental o no, sería mi vida la que terminaría. De pronto, no puedo explicarlo, el miedo se me despegó del cuerpo y entonces me puse de pie, pero no corrí. No acaté la orden de correr. No lo iba a hacer. Comencé a caminar hacia donde él estaba, sin dejar de mirarlo. Caminé. Las risas se acallaron. El silencio duró lo que tardé en recorrer los últimos metros.
López bajó el fusil, sonriendo. Yo pasé a su lado, sin detenerme, en dirección al interior del modesto edificio del puesto Spinassi.
Cuando a la madrugada me tocó el turno de dormir un par de horas, me fui a acostar a una de las camas. Pasé frente a la puerta del cuarto donde el suboficial tenía un escritorio, lo vi al sargento sentado, y con su cabeza boca abajo, apoyada sobre sus brazos, que estaban cruzados sobre la mesa. Vi el vaso vacío y la segunda caja de vino abierta sobre el escritorio. Otra vez percibí el olor ácido. El sargento dormía. Me acosté sobre lo que alguna vez había sido un colchón y ahora era solo un pedazo de goma espuma. Dejé mi fusil bien cerca. El fusil es su novia, decían. El cansancio que cargaba me cerró los ojos. Un rato después, a contra luz vi la figura de un hombre en la puerta de entrada, la silueta estaba de perfil, miraba hacia la oficina donde el sargento dormía, borracho, junto a la caja de vino. Tardé unos segundos en darme cuenta que la figura era la del oficial que hacía el rondín, controlando los puestos. Miraba la escena que ofrecía su subalterno. No dijo nada. Se dio media vuelta. y salió de la habitación. Desde mi cama lo vi alejarse mientras se acomodaba el casco y el fusil sobre sus espaldas.
*En el lenguaje cuartelero “tagarna” es sinónimo de torpe, inútil.
Nota: "Co.Lim.Ba". En Argentina, con este se llamó popularmente al "Servicio Militar Obligatorio", abrevia tres palabras: Corre, limpia, barre. Se suponía que el S.M.O. tenía por objeto enseñar a los varones, al cumplir los dieciocho años, entrenamiento militar y el uso de armas de fuego, para que ante cualquier conflicto bélico los hombres (o buena parte de ellos) fueran soldados de reserva. Sin embargo con los años, el S.M.O se fue usando para adoctrinar a los jóvenes con los "valores morales" que tenían los militares. Dónde la "obediencia" no se discutía y debía prevalecer frente al sentido común. Dónde "el soldado no piensa, sino ejecuta" y un sinfín de sin razones.
A mí criterio, los buenos valores los llevábamos desde afuera; inculcados por nuestras familias y la escuela. Estos, sin embargo, pretendían ser cambiados apenas ingresados a un cuartel.
Hice el SMO en el Regimiento de Infantería Mecanizada Nro. 3 "Gral Belgrano" con asiento en La Tablada entre 1991 y 1992. Tres años después del ataque que sufrió el lugar (enero de 1989) por parte de un grupo guerrillero.
Juan Pablo Gómez


